Para Wifredo Lam (1902-1982), la libertad en la pintura no era solo una cuestión técnica o formal, sino un posicionamiento profundo frente a la vida, al arte y a la historia. Cuando Lam se refirió a Pablo Picasso (1881-1973) como un “incitador de la libertad”, no solo hablaba de un artista que revolucionó las formas y rompió con la tradición; hacía referencia al mentor que le avivó el deseo de explorar su identidad y su herencia de una manera esencial. La libertad que Picasso le ofrecía lo condujo, por un lado, a reconectar con su imaginario cubano, sus raíces afrocaribeñas, el sincretismo religioso cubano y el ritmo ancestral de la espiritualidad yoruba, y por otro, a reafirmar su compromiso con la justicia social.

 

El camino de Lam había comenzado años antes de su encuentro con Picasso, en España, entre la tradición y la vanguardia, transitando entre los antiguos maestros españoles y los modernistas. Su profundo interés por El Bosco es evidente en el complejo simbolismo y el intrincado detalle de sus composiciones, así como la geometría de Juan Gris, que asimiló y recontextualizó a lo largo de su obra. De esa época también surge su interés por Paul Cézanne, “el Padre de todos nosotros” (como lo llamó Picasso en referencia a los artistas de la generación modernista), por el exotismo en la obra de Gauguin que lo estimuló a explorar culturas no occidentales y surge su intriga por la paleta cromática de Henri Matisse.

 

Lam, que admiraba la capacidad de Matisse para emplear el color y la forma de manera radicalmente libre, halló en su obra una resonancia profunda con sus propias búsquedas. En La Ventana I (1935), a través de un filtro cromático azul, Lam nos muestra un delicioso espacio íntimo cargado de los ricos patrones decorativos de las casas coloniales cubanas. En primer plano, una mesa con un jarrón de flores blancas, establece un diálogo con el exterior, donde se vislumbra la arquitectura de las casas vecinas y de la iglesia, referente y emblema de la tradición religiosa. De esta manera, Lam establece un diálogo entre lo interior y lo exterior. En igualdad temática y en tonos verdosos, La Ventana (1916), Matisse nos ofrece la intimidad de un interior amoblado, donde, además de la mesa con el jarrón de flores, se nos muestra la ventana con vista a un árbol. Con las líneas puras que exploró a lo largo de su carrera, esta obra de Matisse nos remite a su pensamiento: “Las ventanas siempre me han interesado porque son una transmisión entre el exterior y el interior”. Y es así que en ambas obras, la ventana funge de elemento regulador, de equilibrio entre lo íntimo y lo público, sugiriendo el sentimiento de libertad que se siente desde dentro. 

 

En La Table Blanche (1939), restringida en color y simplificada en detalle, Lam destaca, al igual que lo hizo Cézanne en sus innumerables bodegones, la libertad de observar desde diferentes planos, la imagen de objetos cotidianos posados sobre una sencilla mesa. Este cuadro, en su omisión de detalles, es a su vez un ejercicio para estudiar color, forma y perspectiva múltiple y un homenaje al “Padre” del Arte Moderno. El cuchillo en la mesa nos inquieta y nos invita a participar en la obra.

 

En Francia, quedó deslumbrado por la actividad vanguardista. André Breton y su mundo surrealista lo apartaron de cargas culturales preconcebidas, permitiéndole crear un imaginario onírico y traducir el surrealismo europeo en un lenguaje visual pleno de imágenes afrocubanas y de todo aquello que el clima caribeño permite florecer. Pero fue, sin duda, la conexión con Picasso lo que marcó un punto de inflexión en la carrera de Lam. El arte africano, visto a través de Picasso, le permitió a Lam redefinir su mirada. En lugar de exaltar el exotismo o el “otro”, Lam utilizó el arte africano como un vehículo para hablar de sus propias raíces, exponiendo una tradición visual omitida por el modernismo europeo.

 

Picasso no solo le ofreció a Lam nuevas formas de ver, sino que sus ideas sobre justicia e igualdad social permearon en el joven artista quien, con una marcada sensibilidad y un fuerte sentido de compromiso social, buscaba plasmar una visión democrática en la que todos los seres humanos y todas las culturas fueran valorados en igualdad de condiciones. La obra de Lam, por lo tanto, se convirtió en una expresión crítica al colonialismo y en un instrumento para el cambio social. No sorprende, entonces, que tras su interacción con Picasso, su obra reflejara esta visión inclusiva.

Ese fue su momento: ¡Lam ya tenía alas para volar!

 

Dos ejemplos de cómo Lam materializó esta libertad son La Mañana Verde (1943) y La Silla (1943), realizados un año después de su regreso a Cuba en 1942. La Mañana Verde es una pintura que combina una figura femenina híbrida, en medio de tallos de caña de azúcar propios de Cuba. Las formas superpuestas evocan la composición de obras de Picasso, mientras que los cascos, las alas y las cabezas aglutinadas son símbolos del imaginario religioso y espiritual afrocubano. No se trata de simples formas decorativas, sino de un ser cargado de poder y significado. Este uso de la libertad, heredada de Picasso y del surrealismo, permitió a Lam trascender lo puramente formal para hablar de la historia colonial y la resistencia cultural.

En La Silla (1943), una silla tallada con un jarrón de follaje sobre el asiento, indica un uso contrario al orden estipulado y sugiere la ausencia de autoridad o un rechazo a la jerarquía. En todo caso, es una subversión del orden establecido. La exuberancia del paisaje, en el que está inserta la silla, junto con los variados matices de color verde, recuerdan la jungla cubana y la exuberancia caribeña, pero dentro de un lenguaje universal. La Silla desafía las convenciones de la perspectiva y la representación realista, reconociendo los elementos novedosos de la pintura europea moderna.

 

Este diálogo entre el modernismo europeo y las tradiciones no occidentales confiere a la obra de Lam su carácter único. Aquí, la libertad consiste en reconciliar y superponer identidades aparentemente incongruentes: la del artista modernista europeo y la del heredero de una rica tradición cultural afrocaribeña.

 

Para Wifredo Lam, la libertad en la pintura no se limitó a una cuestión de estilo o técnica: fue un acto de resistencia. A través de su encuentro con Picasso y su posterior inmersión en el surrealismo, Lam encontró la forma de explorar su identidad cubana y sus raíces africanas en un contexto que muchas veces invisibilizaba a las culturas no occidentales. Picasso, para Lam, fue un “incitador a la libertad” porque le abrió las puertas del modernismo, y porque le mostró que era posible sacudir las narrativas dominantes y crear un espacio para las voces que habían sido ignoradas. En su obra, Lam nos invita a una reflexión profunda sobre la identidad, la historia y la libertad de ser auténticos.

La Ventana I, 1935
Wifredo Lam

Imagen del Pérez Art Museum, Miami: https://www.pamm.org/

Derechos de autor

© 2022 Artists Rights Society (ARS), New York / ADAGP, Paris

La Ventana, 1916
Henri Matisse 

Óleo sobre lienzo, 146n× 117 cm

Imagen del Detroit Institute of Arts: https://dia.org/

Copyright Restricted

La Table Blanche, 1939
Wifredo Lam

Imagen del Pérez Art Museum, Miami: https://www.pamm.org/

Derechos de autor

© 2022 Artists Rights Society (ARS), New York / ADAGP, Paris

Bodegón con Manzanas y Peras, ca. 1891-92
Paul Cézanne

Óleo sobre lienzo, 45 x 59 cm

Imagen del Metropolitan Museum: https://www.metmuseum.org

Dominio Público

La Mañana Verde, 1943

Óleo sobre papel montado sobre tela, 187 x 124 cm

Imagen del Museo Malba, Buenos Aires: https://coleccion.malba.org.ar/

La Silla, 1943

Óleo sobre tela, 131 x 97.5 cm 

Imagen del Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba: https://www.bellasartes.co.cu/